¿7 gemelos idénticos?

¿7 gemelos idénticos?

¿Por qué mis hermanos y yo no somos todos iguales?

     La pregunta del chaval me saca del atontolinamiento en que me tiene sumido el teléfono. Levanto la cabeza y ahí está, plantado como un junco delante de la caseta de Les Punxes, en la que estoy firmando ejemplares de mi nuevo libro, ¿Se tiran pedos las mariposas?, en la Feria del Libro de Madrid. Tendrá unos diez u once años y juro que, si no fuese porque esto es el mundo real y no una película, pensaría que tengo delante de mí a Harry Potter. Sin capa ni varita mágica, pero a Harry Potter. En sus primeros días.

—¿No lo sabe? —Parece que me he quedado embobado ante su aparición, y el chico empieza a impacientarse por la falta de respuesta.

—Perdona, pero, ¿qué es lo que me has preguntado?

    Parece levemente molesto. Cambia el peso a la otra pierna y repite su pregunta:

—Que por qué mis hermanos y yo somos distintos.

—¿De aspecto, físicamente?

—Claro, y del resto. No todos somos igual de listos —está claro que se incluye a sí mismo en esa categoría—, ni se nos dan bien las mismas cosas.

—Ya. Y ¿cuántos hermanos sois?

—Siete.

    De inmediato me viene a la mente una imagen de aquellas de la época de Franco, en la que el dictador premiaba a las familias supernumerosas. ¡Qué «potito», que dirían Martes y Trece!

—¿Siete? ¡Qué divertido! Os lo debéis pasar en grande.

—Supongo… Pero ¿sabe la respuesta o no?

—Claro. —Por suerte esta vez no me han pillado desprevenido—. Así que gemelos. Quieres saber por qué no sois todos gemelos, gemelos idénticos…

Eso.

—Bueno, es lo normal. Que los hermanos sean distintos entre sí. Supongo que te gustaría tener un hermano gemelo…

—No no. Que no es eso. No es que quiera tener un hermano gemelo. Es que no entiendo por qué mis hermanos y yo no somos todos gemelos. Idénticos.

    Me quedo mirándolo. No entiendo qué es lo que le extraña del asunto. Empiezo a recorrer las inmediaciones de la caseta con la mirada. ¿Habrá alguna cámara indiscreta? Todo parece normal.

—Vale. ¿Sabes lo que es el ADN… los genes…?

—Sí, claro, no soy tonto. Sé que es una molécula que está en nuestras células y que es la que hace que seamos como somos, más altos o más bajos, con los ojos azules o marrones… Y que la tenemos en todas las células de nuestro cuerpo. Y que es igual en todas las células. Que no cambia. Por eso en las pelis la policía lo usa para encontrar a los asesinos. Solo necesitan un poco de sangre, de piel o de pelo… da igual si es de un lado o de otro del cuerpo, lo llevan al laboratorio para analizarlo y descubrir el… como lo llaman…

—¿El perfil genético?

—Eso. Y como no hay dos personas con el mismo, si le hacen un análisis al sospechoso del asesinato y coincide, ya lo tienen. Porque no hay dos personas con el mismo ADN.

—Pues ya está. El ADN de tus hermanas, tus hermanos y tú no es el mismo. Por eso sois diferentes.

—Ya, si eso ya lo sé, pero es que no lo entiendo. Vamos a ver. Mi padre tiene el mismo ADN en tooodas las células de su cuerpo. Y mi madre lo mismo, tiene también el mismo ADN en todas las células de su cuerpo; y es diferente al de mi padre. Entonces, cuando se junta el espermatozoide de mi padre con el óvulo de mi madre para tener un niño, se unen sus dos ADNs.

—Así es —le digo, aunque en realidad no es exactamente igual en todas las células, porque se producen mutaciones, y además algunas células, como los linfocitos, sufren cambios en su ADN. Pero no es cuestión de complicarle las cosas al chaval innecesariamente. Aunque, eso sí, tendré que aclararle que el ADN de los espermatozoides y los óvulos no es igual al del resto.

—Entonces, lo que yo me pregunto es por qué, si la siguiente vez que tienen un hijo, y el ADN del padre y el de la madre no han cambiado, por qué el nuevo hijo es diferente del primero. Es como si cojo la mitad de una pelota roja y la mitad de una pelota negra. ¿Qué es lo que tengo siempre? Una pelota negra por un lado y roja por el otro. Pero con los hijos resulta que no es así, cada niño sale distinto y eso quiere decir que su ADN es diferente al de sus hermanos, ¿o no?

—Así es.

—Pues no lo entiendo.

—Ya veo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Harry.

—¿En serio? —Me falta poco para preguntarle si se apellida Potter por un casual, pero me contengo.

    Me mira con gesto hostil. Cualquiera diría que ha adivinado mis pensamientos.

—Muy bien, Harry. Digamos que… te falta conocer una parte de la película, por decirlo así. Déjame que te lo explique.

    Cojo un papel, le pregunto a Luis, el encargado de la caseta si tiene algunos bolígrafos o lápices de colores —por suerte tiene uno de esos bolis de cuatro colores— y me dispongo a explicárselo. Lo cierto es que, con las premisas de que parte, Harry tiene toda la razón del mundo para hacerse esa pregunta. Muchos simplemente se limitan a tomar nota de la información que les ha llegado y a almacenarla en su cerebro. ¿Que el ADN condiciona qué aspecto tenemos, o las habilidades innatas que podemos llegar a desarrollar si las circunstancias, el entorno, la educación y las vivencias lo permiten? Perfecto. Anotado queda. ¿Qué es diferente en todas las personas salvo en los gemelos idénticos? Hecho. Me lo apunto. ¿Que cuando se tiene un hijo este recibe el ADN de su padre y de su madre, al 50 %? Genial. No se diga más. Registrado queda. Y no se preguntan más sobre el asunto. Otros, en cambio, Harry es uno de ellos, no se conforman con archivar la información, y empiezan a intentar cuadrarla con otros datos de los que disponen. Y es entonces cuando empiezan las preguntas.

—Como has dicho antes, el ADN es una molécula. Es muy larga, así que, para caber dentro del núcleo de las células, que es donde se aloja, se encuentra enrollada sobre sí misma en unas estructuras llamadas cromosomas, que tienen esta forma, más o menos —y me pongo a dibujar cómo se ve un cromosoma durante la fase de división celular, porque durante el resto del tiempo es indistinguible—:

cromosoma

—Y hay 23 pares de cromosomas en el núcleo de la célula, todos diferentes entre sí. —Mejor que, a partir de aquí, les muestre a ustedes una imagen de calidad y no el churro que acabé dibujando—:

—En cada par de cromosomas, uno viene del padre y otro de la madre —prosigo—. Voy a dibujar algo así como el núcleo de una célula con uno de los 23 pares de cromosomas, el cromosoma 1 de tu padre. Solo con uno, ¿vale? Para no liarnos. Lo voy a dibujar en dos colores, azul y rojo:

—El azul le llegó a tu padre de su padre, o sea, tu abuelo paterno, y el rojo de su madre, tu abuela materna. ¿Está claro?

    El chico asiente, mirando el dibujo muy concentrado.

—Bien, pues ahora voy a dibujar al lado el cromosoma 1 de tu madre. Y para distinguirlo del de tu padre lo voy a hacer con otros colores: el verde es el que le llegó a tu madre de su padre, tu abuelo materno, y el negro, de su madre, tu abuela materna:

    Viendo que no parece tener problemas con el asunto, sigo con la explicación:

—Si se juntaran los 23 pares de cromosomas de tu madre con los 23 de tu padre cuando tienen un hijo, este tendría 46 pares de cromosomas en vez de 23, y eso no puede ser. Así que lo que ocurre es que, de cada par de cromosomas, el padre solo aporta uno a su hijo y la madre, lo mismo, solo uno. ¿Cómo? Pues porque los espermatozoides y los óvulos, a diferencia del resto de las células del cuerpo, no tienen 23 pares de cromosomas: solo tienen 23 cromosomas. Es decir, que en el caso del cromosoma 1 del padre, algunos espermatozoides tienen el cromosoma rojo y otros el azul, y en el caso de los óvulos de la madre, unos tienen el negro y otros el verde. Así que, cuando se juntan un espermatozoide y un óvulo, dependiendo de qué cromosoma tengan, el hijo puede tener distintas combinaciones de cromosomas: el azul con el verde, el rojo con el verde, el azul con el negro o el rojo con el negro. —Y le pinto las cuatro posibilidades:

—¿Lo entiendes?

—Sí, está muy claro. Aunque no dibuja usted muy bien.

No se anda por las ramas el chaval, no, pero tiene razón, qué le vamos a hacer (recuerden que estos dibujos no son los míos). Lo cierto es que, como veo que es espabilado, decido ahondar un poco en el tema.

—Bueno, como veo que lo entiendes sin problema, déjame que te lo cuente un poco mejor. Porque lo cierto es que el asunto es un poco más complicado. Verás, cuando se forman los espermatozoides, el cromosoma azul y el rojo se mezclan entre sí. Mira, te lo voy a dibujar:

—Y no solo se pueden mezclar así, de esas cuatro formas, se pueden mezclar de mil y una maneras. Así que, ya ves, los espermatozoides pueden tener el cromosoma 1 de muchas maneras diferentes, mezcla de los cromosomas 1 de tu abuelo paterno y tu abuela paterna. Y lo mismo ocurre en el caso de los óvulos de tu madre. Así que, cuando se juntan para formar el cigoto, que es la célula resultante de la unión del óvulo y el espermatozoide, dependiendo de qué espermatozoide y de qué óvulo se junten, se obtiene un cigoto y, por tanto una hija o un hijo, con un ADN diferente. ¿Sí?

—Sí.

—Estupendo. Y eso es lo que ocurre solo con el cromosoma 1. Pero es que tenemos 23 pares de cromosomas, y en cada uno de ellos ocurre lo mismo. Así que imagínate la cantidad de combinaciones, de hijos o hijas diferentes, que pueden salir: millones de millones.

—¡Caray!

—¿Y el sexo? —dice la voz de una niña—. ¿Por qué unos hijos son niños y otras son niñas?

    Levanto la vista del papel y me encuentro con que, detrás de Harry, ha aparecido una caterva de niñas y niños que me observan con seriedad. Para mi desconcierto, están sentados en una especie de pequeño auditorio semicircular, en lo que parece un plató de televisión, a juzgar por las cámaras que me enfocan. ¿Dónde ha ido a parar la Feria del Libro? Me quedo en blanco. Pero ¿esto qué es?

—¿Por qué los chimpancés no tienen pelo en el culo? —pregunta un niño puesto en pie en la zona derecha del escenario.

—Y los murciélagos, ¿por qué no ven bien con los ojos? —dice una niña que no debe tener más de seis años—. ¿Por qué no les ponen gafas? Así podrían cazar también de día.

murciélago con gafas

—¿Si juntamos un pastor alemán y un oso hormiguero, qué es lo que sale: un pastor hormiguero o un oso alemán? —pregunta un pastor alemán que, abrazado a una coqueta osa hormiguera, se encuentra sentado en la primera fila.

—Por favor, chicos— dice la voz de Matías Prats, que ha aparecido en un atril a mi izquierda—, haced las preguntas al presidente… de uno… en uno.

—¿Los neandertales sabían hacer fabada? —dice un niño que, por arte de birlibirloque se va transformando rápidamente en adulto hasta acabar convertido en el Gran Wyoming.

    Miro a un lado y a otro, intentando encontrar una escapatoria. Un letrero llama mi atención detrás de las cámaras: «Tengo una pregunta para usted, señor presidente», reza. Y detrás del mismo, al fondo, una puerta abierta desde la que se aprecia un aparcamiento exterior. Me levanto, echo a andar primero y a correr después, cuando veo que la marabunta se levanta y empieza a perseguirme. Vuelvo la vista atrás y veo al tal Harry, convertido en un descomunal monstruo de veinte metros de altura, con una boca abierta que parece un inmenso y oscuro túnel cuajado de decenas de filas de gigantescos dientes metálicos con forma de daga. Sudando como un cerdo, acelero la carrera. Dejo a mi derecha a Usain Bolt, incapaz de seguirme el ritmo. Consigo cruzar el umbral de la puerta antes de que me atrapen, un coche negro pega un fuerte frenazo delante de mis narices, se abre la puerta y una voz me grita desde el interior:

—Rápido, presidente, suba.

    No lo dudo. Me monto y cierro la puerta cuando el vehículo sale ya disparado quemando rueda. Aprieto los ojos y lanzo un fuerte suspiro.

—Te tenían acorralado, Pedro —dice el hombre que se sienta a mi lado—. Has hecho bien. Si no sales corriendo, te comen vivo.

—¡Y que lo digas! Pepe, a la Moncloa —le digo al conductor. Y a mi acompañante—: Miguel Ángel, cancela todos los eventos de la agenda del día de hoy. Necesito descansar.

    Suena música de piano. Chopin. Una polonesa, la Heroica. Es el despertador. Hora de levantarse. Me revuelvo unos instantes en la cama —siempre me cuesta ponerme en marcha—. Un sueño, ha sido todo un sueño. Una pesadilla, más bien. ¡Menos mal! ¡Parecía tan real! ¿Toca museo hoy, no? Sí, un grupo de primaria. No recuerdo el nombre del colegio ni la edad de los niños. Da igual. Luego lo miro. Me pongo en pie, más animado.

    Llego al museo poco antes de las diez. Saludo a Luis y al resto de mis compañeros. No, aún no ha llegado ningún grupo.

—Estarán al caer —dice Mercedes.

    Poco después se intuye movimiento fuera. Luis Miguel se acerca a la puerta.

—Ya están los primeros. Fernando, son los nuestros.

    Me sitúo en el amplio zaguán y veo entrar a un nutrido grupo de chavales de unos diez u once años. Se mueven como un grupo de estorninos, todos a una, muy apiñados, con tres profesoras a la cabeza.  Mientras espero a que organicen los grupos —tres, de unos doce niños cada uno—, me vuelvo hacia la librería y echo una ojeada, por si hubiese alguna novedad de interés a la vista.

—¡Fernando! —es Luis, que me reclama para que me haga cargo de mi grupo.

    Me doy la vuelta y me acerco.

—Los de la izquierda son los tuyos.

   Miro a ese lado y los veo en fila india. A la cabeza se encuentra Harry, con su cara redonda de no haber roto un plato y sus ojos inquisidores detrás de las gafas, también redondas. Me sonrié. Sus afilados dientes despiden un brillo metálico. Salgo disparado hacia la puerta del museo y, sin volver la vista atrás, me alejo espantado, gritando como un poseso. Juraría que el tal Harry llevaba una capa y una varita mágica.

Este artículo NO está incluido en el libro ¿Se tiran pedos las mariposas?

STPLM 3D

¿Se tiran pedos las mariposas?

Cómo poner en aprietos a un guía en el
Museo Nacional de Ciencias Naturales

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Conozca la respuesta a estas y muchas otras cuestiones y adéntrese en los entresijos de un museo de historia natural, las piezas que lo componen, las especies animales que pueblan sus salas y las anécdotas que jalonan su historia en este entretenido libro de divulgación.

«En estas páginas podrán ustedes sumergirse en las salas de los museos con la curiosidad de una niña y la sorpresa de un adulto.  Después de leerlo, estoy convencido de que querrán volver a visitarnos, para escudriñar de nuevo las vitrinas y comprobar que el mejor modo de aprender es dejar que vuele la imaginación.
Créanme: disfrutarán con cada página y, sobre todo, aprenderán muchísimo.  No dejen nunca de ser curiosos».

Santiago Merino Rodríguez
Director del Museo Nacional de Ciencias Naturales – CSIC

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Que imaginación Fernando. Cómo mezcla las historias y que original el título del libro que presentó en la Feria del libro, del 12 al 26 de septiembre. Enhorab7ena y gracias.

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